sábado, 4 de julio de 2009

jorge enrique adoum: su palabra no se ha ido



Jorge Enrique Adoum nació en la ciudad de Ambato el 29 de junio de 1926. Estudió Derecho y Filosofía en la Universidad Central del Ecuador y terminó sus estudios en Santiago de Chile. A los 25 años fue secretario privado de Pablo Neruda. Neruda decía de Adoum que era el mejor poeta que tenía América Latina.

Obtuvo el primer lugar en la primera edición del Premio Casa de las Américas de Cuba en 1960. Dejó el Ecuador en 1964, a raíz de un golpe militar y regresó al Ecuador en 1987. En 1989 el Gobierno ecuatoriano le otorgó el Premio Nacional de Cultura Eugenio Espejo por su dedicación a la escritura.

Jorge Enrique Adoum murió el 3 de julio de 2009 en Quito.

El mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor de la talla de Jorgenrique Adoum, el Turquito, con la tristeza profunda por que ya no estará y no escribirá más, es repetir infinitamente sus escritos, difundirlos y que muchos más lo conozcan, de esa manera su palabra y su pensamiento permanecen vivos.

Aquí, algo de sus escritos:

"Yo te esperaba a dos cuadras de tu escuela para que no te vieran las monjas y te acompañaba a tu casa. Yo adivinaba el momento en que ibas a aparecer doblando la esquina, porque el corazón se me ponía a temblar como si te hubiera visto antes que yo. Tú me entregabas tu maletín de mimbre con tus cuadernos y libros, y yo lo llevaba orgulloso porque la agarradera estaba tibia de tu mano y eso era casi como una contraseña. Me sentía galán, pero cuando me veía a tu lado parecía sirviente. Tu altivez no era todavía la altanería orgánica de la mujer que tiene un hermoso culo y lo sabe y lo lleva consigo a todas partes, sino el orgullo por la casa en que se vive. A tu lado, yo era también como este departamento: esos crímenes sanguinolentos que salen en los periódicos nunca se comenten en casas como la tuya sino en los semitugurios de mi infancia: luz de bebida turbia, muebles cojos, focos oscuros cagados por las moscas, zócalos de humedad que descascaraba las paredes.
-Las casas tienen alma, decías, siempre hay alguien adentro, todas las cosas tienen alguien adentro, hasta el color blanco, lo que pasa en que no se le nota porque el blanco es callado.
Tu casa fue un país extranjero que conocí Siempre estaba recién pintada. A mi no me gusta ese color, decías, porque el rosado es la cobardía, ¿no ves cómo no se atreve a ser colorado? Y a mi me dolía la palabrota, siempre las mismas letras grandes, siempre PUTA escrito con carbón debajo de las ventana de tu hermana Nilda. Era un país de té con miel y mermelada y flores en la tarde, un país de alfombras por las que daba miedo pasar, ese miedo innato a las fronteras que sienten los que llevan rotos los zapatos, como un pasaporte falso. Tú estabas en todos los espejos, mirándote en su mediodía (los espejos se olvidan en seguida, decías, tienen mala memoria), tú abrías y cerrabas los cajones (pobrecitos, decías, siempre les ajustan los zapatos), tu lloraste una vez por el dolor de los clavitos que el hombre malo golpea con un martillo.
Y comencé a amar la botánica que tanto odiaba, pero es que en tu jardín tu pelo como de estatua rozaba lo que hasta entonces sólo habían sido simples nombres difíciles saliendo de la dentadura postiza del señor Pinto, y mis dedos tocaban las palabras que me enseñaban tu boca: glomérulo, corola, umbela, verticilo. Había flores que nos estaban prohibidas por tu madre, y por eso nos gustaban con miedo, como de lejos.
-Ésa es la flor del muerto.
-Qué tonto que eres. Es la flor de la maravilla.
Y yo te creía, aunque estaba seguro, porque el jardín era tuyo. Pero empezó a oscurecer y entramos en tu dormitorio lleno de tus cosas y de tu olor a limpio, tomaste una muñeca y te acostaste bocabajo y de través en la cama como si ya hubieras sido una mujercita y fueras a llorar, y en tu pieza había enrado el ángel del jardín.
-¿Huelen por la noche las flores?
-Sólo las que no pueden dormir, las otras se duermen calladitas."

Fragmento de "Entre Marx y una mujer desnuda"




Arena dije y nada dije sino las cinco letras de su nombre,
nada sino sus sílabas errantes que la brisa mueve
como peces muertos un mar seco que el mar a secas
le quitará a detelladas,
y arrastrada por corrientes de viento o de agua, girando a veces
como un trompo ciego,
la arena se va del mundo, se va al mundo, la llevan y la traen
y regresa concubina a acostarse bajo el polvo,
tapa siempre mal clavada del ataúd del suelo,
y la tierra la traga haciéndola rodar a su tiniebla
donde los que se aman esperan abrazados
bajo esa gris piel ajena que un soplo desharía.
Y cuando el que sabe de estas cosas ha limpiado
con un pincel más liviano que el aliento
tierra, polvo de semen y huesos confundidos
en una sola harina turbia,
nos llevamos en recuerdo del lugar donde yace el amoroso
monumento vivo,
algo tangible, por ejemplo valvas donde la arena
se acomodó a descansar anteanoche en otro siglo,
por ejemplo un puñado de esa arena.

Mejor así,
así se nos irá por entre los dedos, caerá a tierra,
volverá a irse a dónde y triste,
dejándonos nuevamente libres para perdonarnos
otra vez nuestro remordimiento.

De "El amor desenterrado"


-III-

Le gustaban los hombres, sanamente, y a ellos la cerveza.
Por eso puso el único bar del pueblo (una mesa y tres silla
que tenía en la sala) a la vera de la calle, frecuentado
por los solitarios que hablan entre ellos al borde del domingo.
(Los demás días los perros, las gallinas y los cerdos
se revuelcan bajo los muebles y un gallinazo a veces
se abate sobre la mesa y fija allí su territorio.)
La música de su radio ruidosa entre las moscas
llega a avisarles qué día es al carbonero y su señora
y le sana al tartamudo del canto de la misa.
Los marineros la buscan para oír otra vez otra voz,
ronca de aguardiente y hembra, en la que atracan
después del viaje con silencio a yodo.
Pregunta con insistencia de dos veces
viuda y sin viudedad (demasiadamente viuda),
y sin entender la geografía oral de las explicaciones,
en dónde quedan los paisajes de las postales
que alguien le mandaba. (Las prendía en la puerta
con el texto hacia arriba porque las noticias
le gustaban más que las fotografías.)
Pregunta por el hombre que iba a volver
un domingo de tarde (hace ya quince meses),
que se llevó el reloj del marido (parado en la hora
en que murió de un tiro) para que lo compusieran
allá lejos dijo, donde hay buenos relojeros dijo,
y sus zarcillos como contraseña de que regresaría
a ponérselos de nuevo (¿ceremonia nupcial?)
"con estas mismas manos que te amaron anoche"
y llevársela a uno de esos países para que se ría.
Pregunta por qué no ha vuelto ni ha vuelto
a enviar tarjetas. En dónde está. Por qué no viene.
(Si desde aquí se ve que el mar es liso qué pretexto
tiene.) Díganle que venga. Que a él le consta
que los zarcillos le estorban a la hora de acostarse
y que si no se pudo reparar el reloj no importa.
Total sólo sirvió dos veces cuando indicó la hora
en que alguien se marchaba para siempre.

De "Postales del trópico con mujeres"



-VI-

la iglesia apuntalada por el viento contra la carcoma
su campana con tos por la sal del sol y el yodo de las olas
los santos contaminados por los fieles y una humedad de lepra
el confesionario cajón póstumo es decir que sogas vendan
las reventazones de la mudanza en otro siglo a lomo de otros
indios
y lo que aún queda disponible de los pecados para pobres
como menú de restaurante a precio fijo al final de la noche
para estas madrugadoras cañas viudas del pantano
que ya no pueden inventarse sino tiznes veniales
pero siguen penintenciándose las culpas de hace tiempo
con inovensivos rosarios o silicios orales
que el flaco cuerpo resiste todavía
y vivirán de rodillas en los suburbios del arrepentimiento
y en estado contrito de gracia agradecidas

qué más pueden hacer -pecado leve-
la comunión el domingo es desayuno

De "Postales del trópico con mujeres"


Foto: Diario HOY

Resumen de la Infancia

Ante todo, es preciso ordenar la infancia
como un país disperso, hallar las fechas
de su límite: la dulce iniciación
en la desobediencia, la cerradura
que por necesidad puse a mi alcoba
o la primera mujer que se guardó la noche
entre sus telas estériles, sus párpados.

Y descubrí de pronto que nadie compartía
mis costumbres: la muerte había entrado
antiguamente al patio, a la bodega,
y yo crecía sobre un osario familiar.
No sé por qué, porque sí, por pura
gana, cambié las órdenes para la cena,
el sitio de los adornos, el precio
de las plumas; odié el muro
que cercaba la viña y el camino de orina
a los establos. Y ya no pude vivir más,
no podía establecer mi edad, mi oficio,
destruir la seguridad de cada día
o levantar los párpados hacia la luz
de afuera: un hombre pasaba sin llorar
bajo la lluvia, las aldeanas
completaban su cuerpo entre la hierba,
pero debía conservar la herencia intacta,
conocer los secretos del ganado,
calcular la distancia entre mi seca
seguridad y la aventura.

Así empecé
a soñar solamente con la llave,
con la bahía donde nadie hubiera
a despedirme, con migraciones de pájaros
azules. No era la pegajosa soledad
lo que buscaba sino una familia
diseminada en la distancia, una
hora de paz bajo los árboles, una hoja
sin odio entre mis manos.

De "Notas del hijo pródigo" 1953





"Le gustaban" de "Postales del trópico con mujeres"




"El monumento a los niños, fragmento final de "Horoshima mon amour"


EDUFUTURO:

Ecuador Amargo
1949


El Amor Desenterrado
1949


Poemas en Postespañol

Curriculum Mortis

Yo Me Fui Con Tu Nombre Por La Tierra

Los Cuadernos de la Tierra

Relato del Extranjero

Notas del Hijo Pródigo

Carta Para Alejandra


Cementerio Personal


Textos Exdispersos


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De ti nací y a ti vuelvo
arcilla vaso de barro
con mi muerte yazgo en ti
a tu polvo enamorado.
(Jorge Enrique Adoum)