jueves, 14 de agosto de 2008

segundo moreno: crónica histórica


Por Segundo E. Moreno Yánez

El único rasgo negativo en el carácter de un quiteño es una especie de volubilidad, observa en su Narración histórica y descriptiva (Quito, 1994) W. B. Stevenson, en 1810. Si hay una procesión penitencial a la mañana, todos asisten con miradas graves; si en la tarde hay una corrida de toros, nadie está ausente; "salen del circo en la noche para asistir al sermón de un misionero y el resto de la noche lo ocupan en bailes o reuniones de cartas. Esta inestabilidad fue demasiado visible y a menudo resultó fatal durante la primera revolución en esta ciudad".

Varios son los ejemplos sobre las denominadas "tertulias y puros", que destacados historiadores mencionan. En su estudio sobre El control de la moral pública como elemento de las Reformas Borbónicas en Quito (Lima, 2006), Christiana Borchart hace hincapié en un caso delicado para la Audiencia. En la noche de un domingo de 1783, según la "Sumaria", el alcalde de los barrios de San Blas y Santa Bárbara fue avisado, durante su ronda, que en la casa de Juan Melo había "un fandango muy desordenado y ofensivo a la Majestad Divina". Al golpear la puerta salieron algunas mujeres al balcón y le replicaron con desdén "que nada tenía que hacer en esta casa el juez, cuando dentro de ella tenían toda la justicia".

Abrieron la puerta ante el intento de derribarla y el alcalde accedió al salón, "donde se desarrollaba el "puro", es decir, una fiesta de onomástico". Allí encontró a "varias mujeres del Trato", que continuaban "con el impúdico ejercicio en que se hallavan abusando de que los hombres eran de distinguida nobleza". Prometieron terminar la fiesta después de una hora, por lo que el funcionario se instaló frente a la casa, pero los fiesteros "empesaron a trisearlo cantando ya la Salbe, y el Adivino", por lo que el juez fue obligado a retirarse.

Ninguna pena dictaminó el Presidente, solo citó a los "caballeros de mayor distinción" a su oficina para que "se les reprehenda y amoneste".

La Independencia no modificó estas costumbres. En 1831, Jean Baptiste Boussingault recuerda en sus Memories las "tertulias y puros" quiteños. "Las tertulias de Quito eran cenas improvisadas –dice el francés- que tenían lugar en alguna casa, dentro de una habitación mal iluminada por algunas velas; las conversaciones eran parciales y a veces se oían historias muy divertidas. Estas recepciones, en algunas ocasiones, eran reemplazadas por un "puro", verdadera orgía, especie de bacanal, en donde las damas de la alta sociedad que generalmente bebían solamente agua, caían en una semiborrachera. Esta fiesta desordenada, el "puro", tiene lugar en circunstancias determinadas: un suceso favorable, un cambio de domicilio, el estreno de una casa".
Tomado de HOY